
Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de todo. Vi la foto sobre la mesita que tienes al lado de la cama, esa que siempre está cubierta de libros y de papeles y que es imposible adivinar de que color es la superficie, y me quede atónita, ¿Cómo era posible que durante tantas noches juntos no me hubiese fijado en aquella foto?, sólo era necesario un giro de 90º para verla. Yo había leído esos libros, también había escrito en esos papeles,¿Por qué nunca había dirigido mis ojos hacia el interior de ese marco?. Despúes de tantas mañanas perezosas en aquella habitación me parecía increíble que no lo pudiese haber adivinado antes, que al menos una vez, no hubiese pasado esa idea por mi cabeza. Una preciosa foto en blanco y negro con un marco bonito pero discreto. Una foto que me explicaba con transparencia la realidad. Y después te miré a ti, claro. Y ahí seguías durmiendo, tan apacible y tan lejos. Con el pelo enredándote la cara y con la almohada azul acunando tus sueños. Tenía que irme, el taxi me esperaba abajo y no podía retrasarme más. Me pareció injusto darme cuenta en ese momento de, lo que había estado pasando, ahora todo tenía un sentido diferente: las palabras, los besos rápidos y los lentos, los cafés, las caricias desmedidas y las que nunca llegaban, las risas bajo las sábanas, el olor de tu piel, el sabor de tus silencios... todo era diferente. Al menos, en un sentido más... íntimo. Te besé en la frente como tantas otras veces, pero ésta no te dejé una nota en la mesa de la cocina, llevé la foto hasta allí, y ahí quietecita la dejé, esperando tu mirada. Bajé corriendo las escaleras de madera, sin preocuparme de no resbalar, y llegué al taxi justo cuando ya se disponía a irse sin mi. "Al aeropuerto, por favor". Las calles esa mañana no eran las mismas de ayer, alguien las tenía que haber cambiado -al igual que los semáforos, que las tiendas y los portales, que los pasos de cebra y los edificios- alguien tenía que haber hecho esa transformación en la madrugada, porque de verdad, que nada era igual que ayer.
Cuando me abroché el cinturón, ya sentada en el avión y a punto de despegar, me imaginé que el destino había querido que yo viese la foto esa mañana de lunes y no cualquier otro día. Que había sido ese preciso instante el adecuado para darme cuenta de todo lo que había pasado y lo que iba a empezar a pasar.
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